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¿Integración o Inclusión Educativa de Alumnos Sordos?
Víctor Castillo Martínez, Profesor de Lengua de Señas Chilena

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Después de asistir a un Encuentro Nacional de Escuelas de Sordos, que organizó la División de Educación Especial del Ministerio de Educación de Chile, se nos entregaron variados documentos, entre los cuales, por primera vez, me llamó la atención el uso reiterado de la palabra “inclusión”.

Confieso que no tenía claro el significado exacto de esa palabra y que, inconscientemente, la relacionaba con “integración”. Sin embargo, como no quedara conforme con mis suposiciones y se me presentaran reiteradas dudas, decidí investigar el significado correcto de los términos “integración” e “inclusión”.

Encontré diferentes interpretaciones, pero hubo una que parecía ajustarse muy bien a lo que estaba buscando, y no dejó de sorprenderme el enfoque, que estimo necesario transcribir y que corresponden a unos párrafos del artículo de Silvana Veinberg y Marisa Macchi, “Integración del niño sordo en la educación inicial”.

La palabra "integrar" viene del adjetivo latino "integer -egra -egrum", que significa "entero" o "intacto". El verbo y el sustantivo ("integrar" / "integración") datan del siglo XVII, tal como los conocemos actualmente. El diccionario de la Real Academia Española define "integrar" como "constituir
las partes de un todo" y en una segunda acepción, "incorporarse a un grupo para formar parte de éste".

"Integro", por otro lado, es aquello que "no carece de ninguna de sus partes". Las ideas de relieve en estas definiciones son, por lo tanto, la relación que existe entre un todo entero y las partes que conforman a ese
todo, equitativamente , y le dan una identidad.

Si se contrasta el significado y los usos de "integrar" con los de "incluir", se puede observar que, si bien parecen presentar ideas semejantes, no
son sinónimos. "Incluir" (del latín "incluyere", encerrar un objeto dentro de algo) significa "todo aquello que está agregado a un grupo". Será bueno
observar, entonces, que el término "incluir" se aproxima más a la idea de "asimilar" que a la de "integrar", ya que reviste el sentido de ."poner algún
elemento extraño de un grupo dentro de un grupo y hacerlo formar parte de éste". Aquello que está incluido está encerrado dentro de un grupo, en cambio aquello que está integrado forma parte del grupo, es parte del entero.

El artículo continúa con el siguiente subtítulo: ¿Tiene incidencias en la práctica educativa el contraste de los significados de "incluir" e "integrar?

Entender que los alumnos con necesidades especiales "están incluidos" a las escuelas, o interpretar la palabra "integrar" como "incluir", son, por lo tanto, variables de decisión que afectan directamente la relación de los niños con el resto del grupo y con su propia educación. Pensar en alumnos incluidos y no integrantes de un grupo es invitar a un grupo de niños
para que compartan un espacio físico (y así quedan encerrados en otro grupo) sin que se modifique este grupo y, por lo tanto, imponerles una modalidad de trabajo ya adoptada, sin la previa consideración acerca de la posible adaptación a las necesidades del núcleo ingresante. Tal situación provocaría un grupo de alumnos excluidos del diseño educativo dentro del
cual se encuentran presentes. Por el contrario, pensar en la palabra "integrar" implica la necesaria modificación del grupo, entendido como una suma de integrantes que poseen necesidades particulares y compartidas.

 

Como se puede observar ambos términos difieren totalmente en su significado y nos plantean muchas interrogantes.

Se preguntarán por qué escribí este artículo? La razón es simple: Aclarar el significado de ambas palabras y su incidencia dentro de la Educación de Sordos, a fin de que muchas personas no piensen, tal como me sucedió a mi, que se trata de una misma cosa. 

 

Como el Ministerio de Educación de Chile promueve en diversos documentos la Inclusión educativa de alumnos con necesidades especiales, entre ellos los sordos, necesariamente debemos concluir que no es lo más adecuado, ya que se trataría de una visión equivocada que sólo contribuiría a mantener vigente los antiguos modelos paternalistas de “asimilación” y “colonización sociocultural”, que tanto daño han provocado a los educandos sordos. En otras palabras, se mantiene un sistema rechazado por la mayoría, presentado bajo un nuevo nombre y como una novedad innovativa.

Lo que podría entenderse como inclusión educativa, conforme a mi punto de vista personal, y teniendo presente documentación del propio MINEDUC, es que el objetivo es incluir en forma inmediata a la educación común a todos los niños sordos, desde su más temprana edad.

Lo anterior, a simple vista, podría ser considerado como correcto, pero debemos aclarar que los niños sordos necesitan de una atención y tratamiento altamente especializado, a fin de estimular todas sus potencialidades y desarrollar las condiciones mínimas necesarias que permitan, si se da el caso, su posterior integración a la educación común.

No olvidemos que la educación de niños y jóvenes con discapacidad auditiva es una de las más complejas y requiere de personal muy calificado para su tratamiento, lo que hace inviable la teoría de la inclusión educativa, ya que ni siquiera en este momento están dadas las condiciones mínimas por parte del profesorado chileno, que carece de conocimientos, capacitación y perfeccionamiento docente en el tema de la educación de sordos. Si la situación actual es que no existen las condiciones mínimas, tampoco se observan a futuro en la formación de los profesionales relacionados directa o indirectamente con la educación de sordos, por lo que tanto la integración como la inclusión educativa que patrocina el MINEDUC están destinadas al fracaso. Se le ha planteado este tema al Ministerio de Educación y la respuesta es que las Universidades son entidades autónomas, por lo que correspondería conversar directamente con ellas. Esta respuesta no es satisfactoria, desde ningún punto de vista, porque si bien el Ministerio no tiene facultades, si podría patrocinar o realizar una reunión entre el Consejo de Rectores y los actores involucrados, actuando así como mediador o punto de partida para el logro de los cambios curriculares que se requieren, de manera que garanticen las condiciones mínimas necesarias para el éxito de la integración.

Algunos de los puntos propuestos por una “Comisión de Expertos”, formada por el Ministerio de Educación, en la que no participaron directamente representantes calificados de la Comunidad Sorda en el tema educación, es “frenar progresivamente el ingreso de niños con discapacidad a los niveles prebásico de las escuelas especiales, de modo que ingresen directamente a la educación común”, “desincentivar la creación de nuevas escuelas especiales” y “la incorporación de los niños con discapacidad a la escuela común debe iniciarse en el nivel de educación parvularia y los primeros años de la educación básica, avanzando gradualmente hacia los cursos y niveles superiores del sistema educativo”.

Lo anterior, remitiéndonos exclusivamente a la educación de sordos, no deja de ser preocupante, porque todos los profesionales con años de experiencia en docencia de aula con niños, jóvenes y adultos sordos, saben que ello es totalmente imposible de llevar a cabo, ya que, reiteramos, para ello deben cumplirse una serie de condiciones y requisitos mínimos por parte de los educandos, que necesariamente comienzan y se desarrollan en una escuela especial de sordos, con profesores especialistas en la materia. Téngase presente que si a ello se suma el hecho de las nulas condiciones actuales y futuras en materia de conocimiento, capacitación y perfeccionamiento por parte del profesorado de establecimientos educacionales comunes, las conclusiones son contundentes, la más completa inviabilidad y fracaso del sistema.

Lo enunciado no corresponde sólo a una opinión personal y aislada, sino que es compartida por la mayoría de los profesores especialistas en educación del sordo, desde Arica a Punta Arenas, que se oponen a la inclusión, pero no a la integración, siempre y cuando se cumplan con los requisitos mínimos para ello.

El Ministerio de Educación de Chile debería escuchar la voz de la mayoría, ateniéndose al dicho “Vox populi, vox Dei”, y esperemos que así lo haga.