En la educación de los sordos, no resulta frecuente ni la búsqueda
ni el hallazgo de un espacio de reflexión significativo que tienda al análisis de una
reestructuración curricular, cultural e ideológica. Parece, en cierto modo, que las
reestructuraciones mencionadas son vistas como procesos de cambio, e incluso como
terminologías, alejadas del universo cotidiano de esa temática.
Pero más díficil resulta aún proponer una nueva reflexión, si ésta sugiere una salida
del limitado contexto de análisis actual -es decir, el de las reestructuraciones
curriculares, cultuales e ideológicas ya estereotipadas- y supone una apropiación de
referencias, de discursos y de contenidos pertenecientes a otras líneas de estudio en
educación; referencias, discursos y contenidos que tal vez hablen de sujetos diferentes a
los sordos. Otros sujetos que, por cierto, también fueron y están siendo excluídos de
un proceso de educación en virtud de sus diferencias.
En la frase anterior ya se entrevee una primera y sugestiva hipótesis, que va a
direccionar el rumbo y el tono de este trabajo: en la educación de los sordos, como de
hecho en gran parte de la educación denominada especial, se ha centrado la discusión
sobre los sujetos deficientes, pero negando y desconociendo, al mismo tiempo, la
existencia de las múltiples identidades sociales y culturales que ellos poseen.
La falsa oposición entre sujeto normal/sujeto deficiente impidió a la educación de los
sordos, en particular, una comprensión de teorías y de políticas educacionales más
vastas que posibilitaran, a su vez, la descripción de la naturaleza compleja,
fragmentaria y plural que, sin dudas -y pese a la metáfora de la globalización-
caracteriza al mundo actual donde también viven los sordos.
El hecho de que la educación de los sordos permanezca desatenta a una discusión más
amplia sobre reestructuración curricular, cultural e ideológica, o que sea aislada y/o
se aisle voluntaria o involuntariamente de ella, puede ser el resultado de una
acumulación compleja de problemas que considero históricamente mal planteados; problemas
de origen y de naturaleza diferentes, que trataré de delinear, aún con el riesgo de no
lograrlo, en el transcurso de estas páginas.
Como primera tentativa quisiera mencionar el hecho que las discusiones y las
bibliografías habituales acerca de la educación de los sordos responden más bien a la
creencia de que la educación de los sordos es un problema, al problema de sólo generar
problemas, al problema de tener que resolver problemas y a los problemas originados por la
falta de resolución de los problemas. No es este un simple juego de palabras, sino una
forma más bien tenue de narrar lo que está ocurriendo: es posible que no exista ninguna
otra área en la educación que demuestre tanta intolerencia en la reconstrucción de su
pasado, tanta incomprensión en la percepción de su actualidad y tantas divergencias en
la perspectiva de su vida futura.
La sobre-problematización antes apuntada está oscureciendo y enmascarando un conjunto de
variables significativas implicadas en la educación de los sordos. Ese proceso quizás
ignore que esos problemas no son los problemas, sino su caricatura: la de ser, todavía
hoy, un remedo de carácter asistencialista, con restricciones en su cotidiano escolar,
limitada en su trascendencia educativa y gobernada a través de políticas oficiales las
cuales pueden ser definidas, por lo menos, como ambiguas.
La discusión sobre el currículum, las culturas y la ideología dentro de las escuelas de
sordos es básicamente asistemática, muchas veces ateórica y la mayoría de las veces se
cierra en sí misma. Cuando surge, acaba siendo por lo general una réplica fotográfica,
una legitimación o, en el mejor de los casos, una aceptación casi incondicional del
currículum tradicional presente en los programas de las escuelas regulares; un debate que
genera, casi siempre, una existencia curricular angustiante.
Esa existencia, fenómeno por otro lado común en las escuelas regulares, no es otra cosa
que la presencia de un fantasma omnipresente, que regula y controla -en silencio, pero con
mirar vigilante- toda la práctica pedagógica de los profesores y la organización de los
programas escolares. La existencia curricular angustiante se amplifica y ramifica aún
más en las escuelas para sordos por una razón evidente: quien está presente en ese
currículum, además del hombre blanco letrado profesional, etc., es sobre todo el hombre
hablante/oyente; el hombre que al escuchar y al hablar, informar, teorizar y opinar se
refiere de manera excluyente a ese mismo hombre, al hombre hablante/oyente.
Las profesoras oyentes para sordos experimentan a diario, a sabiendas o no, la curiosa
sensación de ser trasmisoras de un currículum para unos alumnos sordos que no pueden ni
quieren reflejarse en él. Para los sordos ese currículum es la materialización de una
pedagogía centrada en el imperativo del ser como los otros, de no ser ellos mismos.
Recuerdo la desesperación de un alumno sordo adolescente, que pasó todo un año
preguntándose e interrogando a los demás acerca de si en la "historia"
existían o no héroes sordos, guerras sordas, independencia de países sordos, banderas
sordas, etc. Es este sólo un ejemplo de la necesidad de conocer e identificarse con la
propia historia, al márgen de los falsos símbolos oyentes que sólo muestran las
historias "sordas" de Beethoven y de Goya; la necesidad concreta de tener un
punto de vista y una identidad a partir de la cual construir y reconstruir "la
historia".
Por otro lado, una buena parte de la bibliografía y la producción científica de estas
últimas décadas continúan reproduciendo y produciendo, en mayor o menor grado, una
discusión arquetípica sobre la reestructuración curricular, cultural e ideológica en
la educación de los sordos. En esa discusión se denotan tres perfiles de análisis sólo
parcialmente diferenciadas.
La primera de ellas, a la cual llamaremos de sobre-metodologización curricular de la
enseñanza, consiste en una búsqueda de recursos, sistemas y técnicas que se orienten a
resolver los hipotéticos problemas de los sordos para comprender el currículum. Este
perfil enfatiza hasta la obsesión la necesidad de reelaborar viejas secuencias de
objetivos para generar didácticas más adecuadas, dentro de programas educativos
pretendidamente renovadores. Pocas veces se discute sobre la existencia misma de la
secuencia y la didáctica, y mucho menos se contempla la reconstrucción que los propios
sordos hacen de su educación. Así, se tiende a mantener el statu quo de los oyentes que
trabajan por dentro de la educación de los sordos y surgen con total impunidad, pero
legitimadas, infinitas metodologías; metodologías que, en el mejor de los casos, sólo
se limitan a aceptar la lengua de señas de los sordos, a permitir que sea usada entre
ellos, pero nunca como instrumento mediador -semiótico y cultural- en la construcción
del proceso educativo.
La segunda, de carácter estrictamente curricular-cientificista, se detiene en el cómo
hacer que los sordos accedan a la ciencia o, mejor dicho, al texto curricular de la
ciencia, sin interrogarse la mayor parte de las veces ni sobre qué ciencia, ni para qué
hacerla accesible, ni en cuál proyecto general de educación tal o tales ciencias
estarían implicadas. Aún considerando a los sordos como comunidad y muy pocas veces como
cultura, esos trabajos tienden a establecer el imperativo de tener que conocer y reconocer
los contenidos curriculares tal y como ellos están siendo planteados en la actualidad
dentro las escuelas regulares.
Por último, existe un perfil escolar-conservador de discusión curricular, que produce
una tendencia a conservar los problemas tal como son, aún posponiéndolos para otro
momento de la vida educacional de los sordos y presentándolos en otro orden que el
habitual. Este es el caso típico de cuando se invierte el papel excluyente de la oralidad
en la educación de los sordos, pero se mantiene su existencia inevitable dentro del
proyecto educacional. A pesar de su apariencia novedosa tales trabajos, que aciertan con
claridad en el diagnóstico de la crisis curricular e ideológica actual, no terminan de
despegarse de la cuestión de las lenguas -lengua oral versus lengua de señas- cuestión
definida como el prerrequisito ineludible para, recién entonces, dar paso a un
currículum apropiado. Se genera, así, una continua y falsa identificación entre
modalidades de lenguaje y formas de educación y, además, una espera curricular también
angustiante. Y es angustiante, entre otras razones, porque aún hipotéticamente resuelto
"el problema de las lenguas", nada asegura que la discusión sobre el
currículum llegue como una simple y natural consecuencia.
Puede ser posible que para muchas personas esa descripción del estado actual en la
educación de los sordos no deje de ser natural e, incluso, superflua. El hecho que la
educación de los sordos no se actualice en su discusión educativa, puede revelar la
presencia de un sentido común que preexiste y determina la existencia de una ideología
dominante. En este sentido, cuando se menciona a los sordos parece desencadenarse, por
hábito ideológico y también por comodidad en la práctica pedagógica, una narrativa
obligatoria, como la siguiente: sordos/ deficientes auditivos / otros deficientes /
escuela especial / reeducación / integración / normalización, etc.
En forma paralela a esa continuidad enunciativa recién descripta, surge también un
conjunto de oposiciones binarias o contrastes meta-narrativos típicos en este espacio
educativo: normalidad/anormalidad o patología o deficiencia, oyente/sordo, mayoría
(oyente)/minoría (sorda), oralidad (lengua oral)/gestualidad (lengua de señas), etc.
Las ideas dominantes en los últimos cien años son un claro testimonio de un sentido
común según el cual los sordos corresponden, encajan y se adaptan con naturalidad a un
modelo clínico-terapéutico, versión amplificada y exagerada de la pedagogía correctiva
de principios del siglo XX y vigente hasta el momento. Fueron más de cien años de
prácticas enceguecidas por la corrección, la normalización y la violencia
institucional; instituciones que fueron reguladas tanto por la caridad y por la
beneficiencia, como por la eficacia para controlar, separar y negar la existencia misma de
la comunidad, la lengua y los hechos culturales que determinan las diferencias de los
sordos respecto de cualquier otro grupo.
A pesar de esta suerte de necrológica sobre el estado actual en la discusión curricular,
cultural e ideológica en la educación de los sordos, en las últimas dos décadas se ha
acentuando un discurso y una práctica educativa alternativos que, entre otras cuestiones,
desnuda los efectos devastadores del fracaso escolar masivo de la ideología escolar
dominante.
Pero esa nueva perspectiva actual no debería acontentarse simplemente con la denuncia de
un fracaso, ni sólo trabajar en torno de las formas posibles de remediarlo. Debería, en
cambio, denunciar el fracaso educacional en las implicancias más dolorosas, directas y/o
indirectas que genera: me refiero, entre otros, a aquellos procesos educativos que,
queriéndolo o no, minaron la construcción de las identidades de los sordos, su
ciudadanía, su trabajo, su lenguaje, etc. Debería, de ese modo, poner en tela de juicio
y especular acerca de la arqueología, la geneología y la microfísica de los poderes y
los saberes (Foucault, 1981) arraigados en el sentido común, en la práctica y en la
ideología que sustentan el fracaso en la educación de los sordos.
Y tal vez el hecho más relevante en el proceso de transformación apenas esbozado, pueda
ser el siguiente: la educación de los sordos comenzó a dejar de ser, dejó de querer
ser, dejó de poder ser, simplemente, la reeducación de los deficientes auditivos. Se
están cimentando las bases para que la educación de los sordos comience a ser una
educación desde los sordos. Y no es ese otro cambio más de terminologías, como si lo
es, por su parte, el eufemismo de llamar también a los sordos sujetos con necesidades
especiales. Hablo de no definir a la sordera como una deficiencia sino como una
construcción histórica, comunitaria, lingüística y cultural.
Trayectorias y Movimientos Pasados, Presentes y Futuros en la
Educación de los Sordos.
La distinción ya señalada entre educación de deficientes
auditivos y educación desde los sordos, no es suficiente en si misma para trazar y
materializar un nuevo camino. Pues no se trata de medir cuánto nos alejamos de los
modelos clínicos, sino cuánto realmente nos aproximamos a las concepciones
socio-antropológicas de la sordera y de los sordos (Padden y Humphries, 1988; Skliar,
Massone y Veimberg, 1995). Me refiero, en concreto, a la necesidad de una transformación
objetiva, real y contundente a nivel de las actitudes, estereotipos e imaginarios sociales
que conforman el saber clínico y terapéutico; hago referencia, también, a una
trayectoria teórica que posibilite una visión antropológica y multicultural para la
educación desde los sordos.
A partir de esas transformaciones es posible definir la potencialidad de dos tendencias o
movimientos necesarios para la educación de los sordos, dentro y fuera de las escuelas.
Por un lado, la necesidad de un movimiento de tensión y ruptura entre la educación de
sordos y la educación especial; por otro lado, un movimiento de aproximación desde la
educación de los sordos hacia las discusiones, los discursos y las prácticas
educacionales propias de otras líneas de estudio en educación.
La necesidad de un movimiento de tensión y ruptura entre la educación de sordos y la
educación especial.
El movimiento de tensión y ruptura potencial entre la educación de sordos y la
educación especial está basado en tres razones sólo aparentemente independientes entre
sí. La primera de ellas respondería a la necesidad de poner en tela de juicio que la
educación especial sea el contexto obligatorio para un debate significativo sobre la
educación de los sordos -al menos, en los términos y en las concepciones habitualmente
simplificadas que ella promueve-.
La segunda razón discutiría la funcionalidad de una línea continua de sujetos
deficientes dentro de la cual los sordos están forzados a existir. Y esto implica la
crítica a una de las verdades sagradas más arraigadas en la educación especial: el
anacronismo de definir un grupo de individuos especiales, de colocar a los sordos, a los
deficientes mentales, a los ciegos, a los deficientes motores, etc. en una continuidad que
es discontinua -esto es, juntos pero separados de otros sujetos- sin que exista algún
criterio educativo para ello. El único criterio educativo posible sería, justamente, la
negación misma de ese criterio dentro de un proceso indiscriminado de clinicalización
global de la anormalidad.
Un hecho reciente puede ilustrar aún de mejor manera aquello que estoy describiendo. Un
jóven sordo, durante la evaluación para el ingreso a la facultad, fue ubicado junto con
otros sujetos con necesidades especiales en una misma sala para una evaluación
diferenciada a la cual, supuestamente, tenía derecho. El jóven definió esa situación
como una práctica discriminatoria, pues suponía que él, como sordo, sería deficiente
sólo si no tuviese ni brazos ni manos para comunicarse a través de la lengua de señas.
En tercer lugar, y en relación con el punto anterior, se hace evidente que a los sordos
no les son reconocidos los diferentes y múltiples recortes de su identidad, lenguaje,
raza, cognición, género, edad, religión, comunidad y culturas. Los sordos, como otros
tantos grupos humanos son definidos sólo a partir de sus supuestos trazos negativos,
percibidos exclusivamente como ejemplos de un desvío de la normalidad. Si existen
especificidades, éstas no puedan ser determinadas por el tipo y grado de deficiencia si
no por un proceso singular de construcción de identidad. Y los procesos de identidad
-esto es, la subjetividad ligada a otras subjetividades- no dependen de las limitaciones
biológicas sino, por el contrario, de complejos procesos de relaciones sociales y
culturales. En este sentido: qué habría en común entre un sordo y un deficiente mental,
que separe a ese sordo de un niño de la calle, de un indígena o de un trabajador rural?
La respuesta a esta pregunta puede ser múltiple y compleja, pero revela la necesidad de
poner en tela de juicio determinadas concepciones clínicas y abrazar definiciones
antropológicas que incluyan configuraciones de identidad más amplias en la educación.
Este conjunto de hechos nos conduce, inevitablemente, a debatir sobre el lugar que les
corresponde a los sordos en la educación especial y en la educación en general. Ese
lugar, como ya se ha dicho, responde habitualmente a la construcción discursiva
deficiente auditivo/escuela especial. ¿Pero es acaso la escuela especial con su
ideología dominante, el lugar natural y apropiado para la educación de los sordos? Es
ese un espacio que los propios sordos se atribuyen o bien se trata de un sitio que más
bien conforma y reconforta a los profesores oyentes para sordos?
La aproximación a este problema supone una primera diferenciación entre el significado
que tiene la escuela especial y el sentido posible de una educación específica para los
sordos, anulando su habitual sinonimia. También es necesario romper con la tradición de
análisis según la cual, una vez reconocido el fracaso de la escuela especial del pasado,
aparece de manera implacable una única opción: la de la escuela inclusiva, es decir, el
imperativo de la integración de los sordos a la escuela regular (para una discusión más
amplia en este sentido véase, por ejemplo, Mottez, 1977; Caselli y Rampelli, 1989;
Skliar, 1997a).
Quisiera referir, entonces, algunas de las razones por las cuales la nueva mirada en la
educación desde los sordos debe asumir una postura crítica acerca del significado
histórico y actual de la escuela especial. En otros trabajos (por ejemplo Skliar, 1997b)
definí a la escuela especial para sordos como un conjunto de prácticas, servicios y
reproducciones en educación, cuyos componentes ideológicos, políticos, teóricos y de
concepciones sobre los sujetos son, por lo general, de naturaleza discriminatoria,
discontinua y anacrónica. Esta definición, imprecisa por necesidad, está reflejando y
sintetiza un conjunto definido de problemáticas, algunas de las cuales ya fueron
esbozadas:
En la historia de la educación-escuela especial para sordos se ha generado,
voluntariamente o no, un distanciamiento con respecto al debate general en la educación.
Existe una confusión acerca de la distinción necesaria entre la educación, como proceso
global de construcción y participación de los sujetos educativos, y la escuela, como
desarrollo institucional que participa sólo de una forma relativa y temporal de ese
proceso - y que, en ocasiones, lo contradice abiertamente con sus prácticas-. Esa escuela
especial, por lo general, sólo atiende la dimensión y el carácter escolar del presente
y desatiende las interacciones culturales, laborales, sociales, lingüísticas,
recreativas, afectivas, etc. pasadas y futuras de esos sujetos.
Se constata la presencia de un conjunto definido de injerencias no educacionales como lo
son, por ejemplo, las de tipo benéficas, médicas, religiosas, etc., que la condicionan
en su independencia, en su auto-evaluación y en sus proyectos de cambio educativos.
Se ignoran o se omiten los recortes amplios, pero al mismo tiempo precisos, que involucran
a todos los grupos humanos que conforman su población. Es una política y una práctica
que se refiere a la totalidad, que busca la totalidad y que desea la totalidad.
Cuando se adoptan macro-teorías ellas son, por lo general, recortes específicos y no
epistemológicos de esas teorías, se ignora que hacen referencia a sujetos normales,
blancos, letrados, europeos, etc. y, además, se convierten en manifestaciones añejas e
híbridas de esas mismas teorías.
Por otra parte, cuando no se adoptan macro-teorías, pues se afirma que ellas no mencionan
o mencionan sólo esporádicamente a los sujetos deficientes, se tiende a una
construcción de micro-teorías envueltas en sí mismas y que sólo sean válidas para
explicar una sordera universal -por ejemplo, una psicología de la sordera, una teoría
didáctica para la sordera, etc.-.
No existe, por otro lado, una clara diferenciación entre educación y sistemas
metodológicos, haciendo de la primera un conjunto pre-definido de recursos aplicables a
esa tipología de sujetos con deficiencia auditiva.
Por último, los mecanismos propuestos para resolver problemas tienden a ser de naturaleza
anti-recursiva, esto es, consisten generalmente en la anulación del propio sistema de la
educación. En otras palabras: si la escuela especial para sordos fracasó, se debe acabar
con la educación especial para sordos.
La necesidad de un movimiento de aproximación hacia las discusiones, los discursos y las
prácticas de otras líneas de estudio en educación.
Al primer movimiento de separación entre educación de sordos y educación especial
podría corresponder, de una forma independiente y/o complementaria, la necesidad de otro
movimiento: un movimiento que consista en acercarse a determinadas líneas de estudio en
educación que, entre otras divergencias, no muestran correspondencia alguna con las
tradiciones epistemológicas habituales de la educación especial. En nuestro caso ese
movimiento ya se está ejercitando en varias direcciones diferentes; por ejemplo, hacia
los estudios culturales en educación, hacia los estudios en educación de clases
populares, hacia los estudios de políticas educacionales más amplias, etc.
¿Cuáles serían las consecuencias que ofrecería ese posible movimiento? Lo primero a
remarcar es la posibilidad de incluir el análisis de la educación de los sordos dentro
de un contexto ideológico, teórico y discursivo más apropiado a la situación social,
lingüística, comunitaria, cultural y de identidades de los propios sordos. Pero la
apropiación de términos, de significados y sentidos que provienen de líneas de estudio
en educación no debe ser, desde ya, acrítica, ni quiere ser sólo un calco de las formas
de análisis que se refieren a todas y a cada una de las diferencias existentes en el
mundo actual. En otras palabras: el hecho de que los sordos también puedan ser
considerados a través de la diferencia, no supone igualar sus diferencias a las de otros
grupos para, posteriormente, acabar con ellas normalizando el contexto histórico y
cultural de su origen. No se trata, entonces, de decir que los sordos padecen los mismos
problemas que todos los demás grupos minoritarios, oscuros y dominados. Por el contrario,
entender la sordera de este modo significa un reconocimiento político de la diferencia.
En segundo lugar, la apropiación de términos tales como alteridad, diferencia, grupo
subalterno, multiculturalismo crítico, colonización curricular, entre otros, no sólo
constituyen descripciones más próximas a la situación educativa de los sordos, si no
que generan otro ritmo en el proceso de transformaciones posibles en las escuelas y, sobre
todo, permiten dar otra dimensión a la participación de los propios sordos en ese
proceso. Que se cambie el eje de la discusión y de la reflexión -en este caso, de los
parámetros clínicos a los antropológicos- y que se revele una saturación de poder y de
teoría en los conceptos tradicionales, son sólo dos aspectos de un conjunto aún mayor
de progresiones que pensamos para la educación desde los sordos.
Posibles consecuencias de los movimientos en la educación de los sordos: una
introducción a los Estudios Sordos.
Como sugerí en páginas anteriores, varias serían las consecuencias educacionales
posibles a partir de los movimientos descriptos en la educación de los sordos. Esas
consecuencias podrían dar paso a un nuevo recorte teórico que, provisoriamente, llamo
Estudios Sordos en educación. Describiré algunas de las potencialidades temáticas
dentro de esos Estudios:· una profundización para el análisis de los mecanismos de
poder y de saber de la ideología dominante en la educación de los sordos, desde sus
orígenes, su actualidad y sus perspectivas de futuro; además, un refinamiento en la
discusión sobre las relaciones de poder y de saber entre oyentes y sordos.
una re-definición de los problemas que se suponen están en la base de la educación para
los sordos, o bien una mirada completamente nueva acerca de aquello que es realmente
determinante y/o variable en ella; un consenso acerca de las potencialidades educacionales
de los sordos, descentrado de los imperativos curriculares oyentes, de lo oral, del
escuchar, del leer y el escribir, y centrado en las especificidades lingüísticas,
cognitivas, comunitarias, de participación educativa y culturales de los sordos.
una ampliación de sentido y significado sobre el papel que le cabe a la escuela de sordos
en el proceso general de educación, a partir de una definición más extensa y crítica
de un campo para la educación de sordos -en el sentido que Bourdieu y Wacquant (1995) dan
al término campo- que comprenda las diferentes relaciones que existen dentro y fuera de
la escuela, como por ejemplo las asociaciones de sordos, asociaciones de intérpretes,
asociaciones de padres, profesionales, administraciones municipales, estatales, etc.
· una ampliación y una multiplicación de los espacios conquistados por los sordos
dentro de su educación, en dirección inversa a las típicas concesiones fragmentarias y
discontinuas que propone la mayoría de los oyentes.
El oralismo como ideología dominante: logocentrismo, etnocentrismo y medicalización de
la sordera y de los sordos.
El oralismo ha sido y aún sigue siendo hoy, en buena parte del mundo, una ideología
dominante dentro de la educación de los sordos. La concepción de sujeto sordo allí
presente refiere exclusivamente una dimensión clínica -la sordera como deficiencia, los
sordos como sujetos patológicos- en una perspectiva terapéutica -la sordera debe
reeducarse y/o curarse, los sordos deben ser reeducados y/o curados-. La conjunción de
ideas clínicas y de ideas terapéuticas ha llevado, en primer lugar, hacia una
transformación histórica del espacio escolar -y de sus discusiones y enunciados- en
contextos médico-hospitalarios para los sordos (Lane, 1993). Y tal transformación puede
ser entendida como una de las causas explícitas del holocausto lingüístico, cognitivo,
cultural y comunitario que vivieron y viven los sordos en su educación, situación que
puede y debe ser comparada sin temores, a la que vivieron y viven, otras comunidades
subalternas. Pero esa situación no es asimilable, bajo ningún aspecto, a las que viven
otros grupos de deficientes.
Por lo general, las críticas hacia el oralismo fueron realizadas casi siempre como si se
tratase de un poder vertical, omnipresente y absoluto, lo que condujo a una
simplificación de análisis de su poder, realizado sólo a través de una lectura
legalista de sus estrategias negativas más explícitas -prohibiciones de uso de la lengua
de señas, control y castigo corporal, etc.-.
Es evidente que la cuestión del oralismo como ideología dominante excede por completo a
la institución escolar, e implica un continuo de estereotipos e imaginarios sociales
difundidos en varios niveles y planos diferenciados de la sociedad. Desde esta
perspectiva, el oralismo no debe ser comprendido sólo como un poder ejercido a través de
leyes y sería una ingenuidad pensar que su origen proviene de un decreto escrito en un
momento preciso de la historia.
El oralismo, como toda ideología dominante, generó los efectos que deseaba pues contó
-siguiendo la línea de razonamiento planteada por Moreira y Silva (1994)- con el
consentimiento y la complicidad de la medicina y de los médicos, los profesionales
para-médicos, los padres y familiares de los sordos, los profesores oyentes e, incluso,
con la de algunos sordos que representaban por entonces, y representan ahora, los
progresos inevitables de la terapéutica -es decir, el sordo que habla- y de la
tecnología -el sordo que escucha-. Además, no puede ser definido sólamente a partir de
ideas y de prácticas institucionales coherentes, uniformes y homogéneas destinadas a que
los sordos hablen. Conviven dentro de esas ideas y de esas prácticas otros presupuestos
que provienen históricamente de concepciones filosóficas, religiosas y políticas
dominantes en el siglo XIX. Con ello no estoy sugiriendo que la filosofía, la religión y
la política, por si mismas, determinaron que los sordos debían hablar; pero tales
ideologías confluyeron para avalar y ser avaladas por una decisión que sólo
correspondía a las escuelas para sordos de la época. Así se decidió que los sordos
hablaran y, al mismo tiempo, se resolvió el problema filosófico de la oposición entre
lo oral -como abstracción- y los gestos -como sinónimo de oscuridad del pensamiento-; el
religioso -el carácter necesariamente oral de las confesiones, en oposición al carácter
burdo, obsceno y primitivo de la confesión por medio de gestos- y, por último, las
necesidades políticas de abolir los dialectos -entre ellos, las lenguas de señas de los
sordos- para imponer una única lengua para cada territorio recién unificado-. Por
último, la ideología dominante no es hegemónica y genera interpretaciones diferentes.
Entre esas interpretaciones aparecen algunas formas de resistencia que, en el caso de los
sordos, se expresan de múltiples maneras. La creación de asociaciones de sordos, es
sólo un ejemplo de ello y adviértase que todas las asociaciones de sordos del mundo
surgen después de la imposición de la oralidad en las escuelas; desde esta perspectiva,
resulta paradójico que se les siga llamando ghettos y no espacios libres de control de la
deficiencia-. En la actualidad las luchas por los derechos humanos y por el derecho
específico que tienen los sordos a la adquisición de una primera lengua, constituyen
sólo el rostro formal de esa resistencia. Tal vez los matrimonios entre sordos, las
producciones artísticas, el refugio de los niños sordos en los baños de las escuelas
oralistas para comunicarse, sean todavía expresiones más genuinas de ese proceso.
Nuestro análisis de la ideología dominante en la educación de los sordos nos conduce,
además, a un reconocimiento de los mecanismos de colonización curricular presentes en
las escuelas. En ese sentido, el oralismo desarrolló no una sino varias formas y
mecanismos colonizadores, como los siguientes:
· un currículum para deficientes mentales, reproduciendo el estigma que define a los
sordos y a los deficientes mentales como semejantes o, afirmando, directamente, que los
sordos son deficientes mentales;
· un currículum para oyentes, duplicando para los sordos cada año planificado en la
escuela regular, lo que refleja la fórmula estereotipada de que los sordos podrían ser
iguales a los oyentes, pero dividido por dos;
· un currículum para deficientes del lenguaje, lo que sugiere que el problema de la
sordera no es tanto el del acceso a la oralidad sino que, más grave aún, afecta la
facultad mental de los sordos para el lenguaje;
· un currículum audiológico/audiométrico que se sirve de técnicas y recursos no
educacionales, para direccionar todos los esfuerzos institucionales hacia una posible
reconversión del ser sordo en ser oyente;
· un currículum exclusivamente gramatical de la lengua oficial, es decir, un tipo de
aprendizaje formal y superficial, basado fundamentalmente en el reconocimiento de
informaciones sintácticas y morfológicas;
· un currículum de beneficiencia laboral, centrado sólo en actividades de reproducción
de ciertos oficios -como carpintería, dactilografía, corte y confección, etc.- ya
saturados por el desempleo;
· por último, un currículum salvavidas para aquellos sordos que no encajaron en las
propuestas anteriores, es decir, un currículum que sintetiza el fracaso educativo del
pasado y se prepara para un nuevo fracaso educativo.
En la base de todas esas formas separadas o conjuntas de
colonización -que podríamos definir, en realidad, de oyentización curricular- siempre
es posible reconocer un trama de leyes conceptuales y representacionales que constituyen,
a su vez, la materialización de su sustrato ideológico; las adaptaciones curriculares y
la negación a un currículum sordo imponen, a su vez una medicalización de la sordera,
una obstinación contra la deficiencia auditiva, una patologización del sujeto sordo,
aplicación de políticas y de prácticas logocéntricas y etnocéntricas, interferencia
en el proceso de configuración de identidades individuales y colectivas, la
globalización de la sordera, etc. Y todos estos mecanismos determinan, a suvez, la
orientación hacia la cual tienden las prácticas pedagógicas ulteriores: la
subordinación de todo el currículum a la enseñanza de la oralidad; imponer la
existencia, inclusive a los propios alumnos sordos, de prerrequisitos orales inapelables
para la progresión en la escolarización; la sobre-metodologización y la desatención de
un proceso significativo para el acceso de los sordos a la alfabetización y a la lectura
(Sanchez, 1995a); la exclusión de los adultos sordos del ambiente de la educación, o su
reclusión a tareas no pedagógicas, o su inclusión individual para asegurar sólo la
instrucción lingüística -pero no la educación- de los niños sordos; y por último una
falsa concepción sobre el mundo del trabajo determinando, más específicamente, un total
proceso de des-profesionalización -en el sentido que Apple, 1993, da a este término-.
Reflexiones para una re-definición o para una nueva mirada sobre los problemas en la
educación de los sordos.
A un análisis limitado sobre la ideología dominante, puede
corresponderle también una acotada explicación sobre los problemas cruciales que
caracterizan a la educación de los sordos. Así, las causas y las consecuencias del
fracaso parecen invertirse. La falta de comprensión y producción oral de los sordos, el
analfabetismo masivo, la mínima proporción que accede a estudios terciarios y
universitarios, la falta de calificación profesional para el trabajo, etc., fueron y son
motivos para dos tipos de justificaciones inapropiadas: por un lado, que los sordos son
los responsables directos de ese fracaso -fracaso, entonces, de la sordera, de los dones
biológicos naturales-; por otro lado, que se trata de una dificultad metodológica, lo
que refuerza la necesidad de purificar los métodos, de que sean aún más sistemáticos,
rigurosos e impiadosos con los alumnos sordos.
En los dos tipos de justificaciones mencionadas se ha evitado o se ha querido evitar toda
denuncia acerca de un fracaso de la escuela, de las políticas educacionales y del Estado
(Arroyo, 1991).
Un distanciamiento de la educación especial y un acercamiento a otras líneas de estudios
en educación, permitiría mostrar que los problemas en la educación de los sordos se
refieren, desde una cierta perspectiva, a la dificultad de los oyentes que trabajan con
sordos para identificar y definir cuáles son esos problemas. Pero, en otra perspectiva,
ellos también pueden ser comprendidos como la necesidad de conservar los problemas tal
como están y mantener ciertas relaciones de poder en su sitio.
Nos encontramos, entonces, de cara a un doble sistema de problemas.
El primero de esos sistemas podría ser definido como el problema de los poderes y saberes
de los oyentes, que giran alrededor de las modalidades de comunicación y de lenguaje
adecuadas para los sordos. Aunque en apariencia incluya posiciones antagónicas, todas se
aferran a un círculo de bajas expectativas pedagógicas (Johnson, Liddell y Erting 1991).
El segundo sistema de problemas podría ser definido como el de las variables múltipes
que intervienen en la construcción de una educación para los sordos; si bien es un
sistema que se descentra de la discusión sobre las modalidades, afirma la necesidad de
construir una política lingüística para los sordos dentro de un proceso educacional
más amplio, más complejo y más vasto.
En relación a esto último, no se habla de los problemas de los oyentes en la educación
de los sordos, si no de las variables fundamentales y necesarias que intervienen en la
construcción educacional; variables que están atravesadas por mecanismos históricos,
políticos, regionales y culturales específicos, relativos a cada una de las situaciones
pedagógicas concretas y que, por lo tanto, no reducen la educación de los sordos a una
cuestión de metodologías ya hechas, cerradas en si mismas, pre-fabricadas.
Nuestra propuesta para el análisis de la educación de los sordos estaría relacionada
con los siguientes variables
El reconocimiento del fracaso educativo en sus raíces y en sus consecuencias
personales, sociales, cognitivas, lingüísticas, comunicativas, de ciudadanía, de
formación académica y laborales en los sordos.
· La naturaleza y tipo de las actitudes, los estereotipos, las representaciones y el
imaginario social acerca de los sordos y a la sordera, presentes dentro y fuera de la
escuela.
· Las políticas y la situación lingüística concreta de la comunidad educativa.
· La participación de la comunidad de sordos en el debate lingüístico y pedagógico y
su participación efectiva en el proyecto escolar.
· Las bases ideológicas y arquitectónicas para la estructuración de objetivos
pedagógicos.
· La continuidad institucional del proyecto educativo.
· La presión de las políticas de integración social y escolar.
Estas variables, cada una con un valor descriptivo relativamente positivo o relativamente
negativo, contienen algunas características específicas: fueron construidas a partir de
una relación dialéctica entre práctica educativa y sistematización teórica; no
intentan, sino parcialmente, dar cuenta de toda la complejidad presente en las políticas
de educación de sordos; conducen a un análisis de la comunidad educativa en su conjunto;
incluyen mecanismos de auto-evaluación educativos, sociales y lingüísticos; podrían
ser relativamente predictivas para que la comunidad educativa juzgue la viabilidad o no de
un proyecto global de educación para los sordos; no presentan ni un orden jerárquico
definitivamente establecido ni permiten un análisis de cada variable de una forma
totalmente independiente; por último, poseen un carácter de precariedad y provisoriedad
que requieren de un proceso más profundo de investigación.
Cada una de las variables aquí mencionadas y de las relaciones entre variables requieren,
todavía, de un amplio debate dentro y fuera de las escuelas. Pero considero que su
identificación, como sistema interdependiente de variables educacionales y no como
problemas, constituye un paso adelante hacia la concreción de una política educativa
desde los sordos.
Hacia un abandono de las grandes narrativas y de contrastes binarios en la educación de
los sordos.
En el proceso de acercamiento a otras líneas de estudio en educación parece ser
importante el abandono de las grandes narrativas -oralismo, comunicación total y
bilingüismo- y de los contrastes binarios que aún ocupan y preocupan tanto a las
políticas educacionales para sordos. Las oposiciones binarias en la educación de los
sordos -normalidad / anormalidad, sordo / oyente, mayoría (oyente) / minoría (sorda),
oralidad / gestualidad, etc.- aparecen todavía hoy como uno de los factores de riesgo en
el análisis de la realidad educacional relativa a los sordos y cuyo arraigo ideológico
parece tan inevitable como insuperable. Este cambio posibilitaría, entre otras cosas, una
definición de los sordos no ya como lo opuesto a los oyentes, si no más centrada en el
conocimiento y reconocimiento de las múltiples diferencias y las múltiples identidades.
Tales oposiciones binarias -como ya lo señalara McLaren (1995)- sugieren siempre el
privilegio del primer término de la oposición, término que define el significado de la
norma cultural. El término secundario, en esta dependencia jerárquica creada, no existe
fuera del primero, sino dentro de él. Preguntaríamos, entonces, a quién o a quiénes
sirven éstas u otras oposiciones. En otros estudios (por ejemplo Cixous y Clément, 1986)
se muestra como muchos de esos contrastes corresponden a un sistema patriarcal de valores.
En nuestro caso, podría tratarse de un sistema paternalista de valores oyentes sobre
valores sordos.
Es desde ya posible que las mismas oposiciones sirvan también para una referencia
ideológica acerca de muchos otros grupos considerados, a pesar de la saturación
conceptual del término, como minorías. Y nos preguntamos, parafraseando a Costa (1996),
cómo es posible sostener la idea de un mundo dividido entre vencedores y perdedores o
entre privilegiados y/o marginalizados, en una época tan compleja y plural como la
actual. Veamos en concreto el contenido de algunas de las oposiciones binarias más
habituales en la educación de los sordos.
La oposición oyente/sordo.
El hecho que los sordos no puedan -y tal vez ni quieran, en su mayoría- ser oyentes o ser
como los oyentes, no pareciera constituir un escollo para las ideas dominantes en la
educación de los sordos. Los únicos modelos o los modelos fundamentales presentes en las
escuelas son los oyentes; el tiempo de interacción y de identificación entre alumnos
sordos de diferentes edades es lo suficientemente escaso como para evitar que existan
"contagios gestuales entre los alumnos" -es decir, que se reconozcan con otros
sordos y que adquieran la lengua de señas a través de una transmisión cultural-; cuando
se programa la presencia de adultos sordos -no como comunidad, sólo como individuos
aislados- ella se limita a encuentros reducidos y para tareas determinadas; muchos de los
niños sordos, además, pasan su escaso tiempo libre entre hospitales, clínicas y
consultorios; por último, permanecen el resto del día dentro de un ambiente familiar que
desconoce o niega la identidad lingüística y cultural de los sordos, lo que genera un
cierto mecanismo de control familiar sobre el niño.
La intención de que los niños sordos fueran, en un hipotético futuro, adultos oyentes,
originó un doloroso juego de ficción de identidades. En ese juego los sordos llevan la
peor parte, porque acaban siendo catalogados no sólo como no-oyentes, si no además como
autistas, psicóticos, deficientes mentales, afásicos y esquizofrénicos. Estos
estereotipos sobre los sordos no son inocentes y, siguiendo la concepción de Stam y
Shohat (1995), contienen formas opresivas, permiten un control social y determinan,
justamente, una devastación psíquica sistemática en los sordos. Sin embargo, esta es
sólo una parte del análisis de la oposición binaria oyente/sordo.
La otra cuestión nos conduce a una triple interrogación: qué es, de quíen es y dónde
está el mundo de los oyentes? Ser oyente es ciertamente una totalidad pero, a la vez, no
parece ser un recorte significativo para una descripción del mundo, si en él caben, por
ejemplo, el presidente de una república europea, una mujer tejedora del Cáucaso, un
psicólogo de Harvard, un indio del Amazonas, un chicano y un niño del Nepal. Está claro
que en este caso el recorte de ser oyente significa, una forma de dominación y un hacer
subalternos a los sordos en la educación y en las escuelas. La configuración ser oyente
puede comenzar siendo una referencia a una hipotética normalidad auditiva pero se asocia,
en la práctica y en el discurso, a toda una secuencia de trazos de otro órden. Ser
oyente, entonces, es ser hablante, pero es también ser blanco, hombre, profesional,
letrado, civilizado, etc.-. Ser sordo, por lo tanto, es estigmatizar la deficiencia
auditiva con el no hablar, no ser hombre, ser analfabeto, desempleado, peligroso, etc.-.
ue Lane (1990) quien reveló en mayor detalle cómo y cuánto son idénticas las miradas
paternalistas del colonialismo europeo hacia los nativos africanos y las de los
profesionales oyentes hacia los sordos. No es casual ese "descubrimiento". En
las dos miradas se advierte aquello que McLaren (1995, ob. cit.) llama de
multiculturalismo conservador y corporativo: entre otras prácticas, se deslegitiman las
lenguas extranjeras y los dialectos regionales y étnicos, se es proclamadamente
monolingüe, se destruyen en consecuencia los cimientos de una propuesta de educación
bilingüe y se utiliza la palabra diversidad para encubrir una ideología de asimilación
que está en la base de esa posición.
Las reflexiones precedentes nos conducen a otro tipo de problemas. Cuando se habla, por
ejemplo, del proceso de inclusión de los sordos a la escuela regular -aún admitiendo
alguna posibilidad de que ello fuese practicable- se habla de integración o de
asimilación? Y cuáles sordos se integrarán a cuáles escuelas de cuáles oyentes? Dicho
de otra manera, y aunque se trate de una exageración en la multiplicación de las
identidades: las sordas, mujeres, negras, pobres, indígenas, se integrarán por ley a las
escuelas de las oyentes, mujeres, blancas, europeas, de clase media, porque son sordas? O
seguirán el mismo camino de exclusión educativa que también sufren las oyentes,
mujeres, negras, pobres, indígenas?
En este sentido es muy significativo el interrogante planteado por Stuart (1992) acerca de
si los negros con deficiencias sufren una doble opresión o si, en verdad, viven una
experiencia singular y simultánea de opresión. La estadística realizada hace ya dos
décadas por Mindel y Vernon (1972), ofrece una respuesta directa a esos interrogantes. Al
investigar la situación y condición de trabajo de los sordos en los Estados Unidos,
demostraron el hecho que las mujeres sordas negras representan siempre el porcentaje más
bajo en la escala de ocupación laboral, mientras que los hombres sordos blancos siempre
se ubican en el cuadro superior.
La oposición mayoría (oyente) / minoría (sorda).
Es habitual definir a la comunidad de sordos como una minoría
lingüística. Esta descripción está basada en el hecho de que la lengua de señas es
utilizada por un grupo restringido de usuarios quienes, por lo tanto, viven una situación
de desventaja social, de desigualdad y participan, sólo limitadamente, en la vida de la
sociedad mayoritaria. Resulta curiosa la coincidencia de esta definición con algunas de
las ideas dominantes en la educación de sordos, específicamente aquellas que insisten en
que el uso de la lengua de señas constituye siempre un factor de exclusión de la
sociedad mayoritaria (Anderson, 1989).
No quisiera llevar la discusión hacia las determinaciones estadísticas que llevan a
considerar a los sordos, y a otros grupos, como minorías lingüísticas, o raciales,
étnicas, sociales, pues una reflexión de ese tipo excedería con creces el foco y la
orientación de este trabajo. Sin embargo me parece importante introducir algunos datos
que considero significativos.
Jones y Pullen (1992) estiman que en Inglaterra hay cincuenta mil sordos que usan la
lengua de señas británica -BSL- casi la misma cantidad de personas que usan el galés
como primera lengua. Deberían ser, entonces, dos minorías iguales; pero las formas de
organización políticas y educativas en torno de ellas son, desde ya, bien diferentes; y
esa diferencia impuesta entre minorías, demuestra que las minorías no son todas
minorías, que existen, de hecho, minorías mejores y peores, que se califica -y no
cuantifica- aquello que conforma lo minoritario. Por otro lado, se sabe que la lengua de
señas americana -ASL- es la tercera lengua de mayor uso dentro de los Estados Unidos.
Pero tendrá esa lengua el mismo estatus social, académico y lingüístico que el
español, el chino o el francés? Será acaso que lo lingüísticamente muy utilizado en
un determinado país es también lo políticamente más reconocido?
Y no son pocos los ejemplos donde la oposición mayoría (oyente)/minoría (sorda) queda
desvirtuada por alguna o algunas razones. Sacks (1989) afirma que en la isla Martha's
Vineyard de Massachusetts todos, sordos y oyentes, usaban normalmente la lengua de señas,
aún cuando la proporción de sordos era infinitamente menor. Ferreira-Brito (1994)
describe a los indios Urubus-Kaapor del Brasil, una comunidad que, aún siendo
mayoritariamente oyente, utiliza una lengua de señas minoritaria. Todos estos ejemplos
deberían servir para demostrar que aún queriendo establecer criterios cuantitativos para
una política educativa, éstos se vuelven necesariamente cualitativos y responden a una
jerarquía y una asimetría de poder. Y no del poder de una mayoría sino, más bien, de
una minoría. Nótese que en las escuelas de sordos hay, justamente, más sordos que
profesores oyentes y que fonoaudiólogos juntos. Y el hecho que las decisiones
lingüísticas y pedagógicas respondan sólo al poder y al saber de los oyentes no se
reduce, simplemente, a una cuestión de oposición mayoría/minoría: es el uso de la
lengua de señas lo que subraya un conjunto de relaciones de poder asimétricas y pone en
evidencia aquello que la minoría/mayoría oyente de las escuelas quiere desterrar, es
decir, la sordera.
La oposición entre oralidad / gestualidad.
Los sordos crearon, desarrollaron y trasmitieron de generación en
generación una lengua, la lengua de señas, cuya modalidad de recepción y producción es
viso-gestual. Muchos suponen que esa creación lingüística se originada porque la
deficiencia auditiva les impide a los sordos acceder a la oralidad; por lo tanto, no queda
mas remedio que inventar otra lengua. Así, las lenguas de señas, parecen un premio
consuelo para los sordos y no un proceso y un producto construido histórica y socialmente
por las comunidades.
A pesar de su secular presencia en el mundo y del desarrollo de una teorización
específica actual sobre esas lenguas -la lingüística de la lengua de señas- su
presencia sigue todavía hoy rodeada de cierto halo de misterio, de rechazo y de
preconceptos.
Si bien existen documentos antiguos que revelan un cierto interés por la forma gestual de
comunicación entre los sordos, durante un largo período dominó en la lingüística una
concepción logocéntrica de las lenguas, que condujo a una identificación del lenguaje
con la lengua oral y, más específicamente, con los mecanismos de percepción y
producción auditivo-oral.
A partir de las investigaciones de Stokoe (1960) y de Bellugi y Klima (1977) -ambos sobre
la lengua de señas americana- se crearon las bases necesarias para un estudio científico
de ese sistema lingüístico. En el mismo período Chomsky (1967), refiriéndose a la
lengua de señas, afirmó que su definición de lenguaje como "specific sound-meaning
correspondance" -correspondencia específica entre sonido y sentido- debía ser
reformulada en términos de "signal-meaning correspondance" -correspondencia
entre señal y sentido-.
Los trabajos de la lingüística pos-estructuralista avalaron el estatuto lingüístico de
las lenguas de señas como lenguas naturales y como sistemas diferenciados de las lenguas
orales: el uso del espacio con valor sintáctico y topográfico y la simultaneidad de los
aspectos gramaticales son algunas de las restricciones impuestas por el tipo de modalidad
viso-espacial y determinan su diferencia estructural con las lenguas auditivo-orales.
Así, el lenguaje debe ser definido independientemente de la modalidad en la que se
expresa o por medio de la cual percibe. El lenguaje posee una estructura subyacente
independiente de la modalidad de expresión, sea ésta auditivo-oral o viso-gestual. De
este modo, la lengua oral y la lengua de señas no constituyen una oposición, sino dos
canales diferentes e igualmente eficientes para la trasmisión y la recepción de la
capacidad del lenguaje.
Aún cuando numerosas investigaciones demuestran que las lenguas de señas cumplen con
todas las funciones descriptas para las lenguas naturales -como por ejemplo las
conversaciones cotidianas, los argumentos intelectuales, la ironía, la poesía, etc.- se
advierte todavía una tendencia a su desvalorización, al juzgarla como una mezcla de
pantomima y de señales icónicas que se expresan a través del movimiento de las manos, o
al considerla un pidgin primitivo pero no una verdadera lengua.
Alejadas sólo relativamente de los claustros académicos y científicos, en las escuelas
de sordos se continúa reproduciendo la oposición oralidad/gestual, simbolizada a través
de un conjunto de mitos diferentes, también compartidos por algunos lingüistas, como por
ejemplo: que las lenguas de señas son universales, icónicas, no poseen una gramática
específica, se originan a partir de un desarrollo de la gestualidad espontánea de los
oyentes, están relacionadas con lo concreto y no permiten la expresión de contenidos
abstractos y/o metafóricos del pensamiento, son un sistema viso-espacial y viso-gestual
cuya representación cerebral dependería de la especialización del hemisferio derecho,
su uso promueve marginación, limita la socialización de los sordos y compromete o impide
el aprendizaje de la lengua oral, etc. Sin embargo, no se debe pensar que la oposición
mencionada es sólo una cuestión mitológica pues, al mismo tiempo, vive dolorosa y
problemáticamente dentro de las escuelas. Se trata, por un lado, de que esa modalidad de
comunicación -la viso-gestual- y esa lengua de los sordos -la lengua de señas- no es la
lengua de los profesores oyentes. Y se trata, también, de lo contrario: esa modalidad de
comunicación -la auditiva-oral- y esa lengua de los profesores -la lengua oral- no es la
lengua de los alumnos sordos. El hecho que entre alumnos y profesores no se comparta ni
las modalidades ni las lenguas, es una de las ambigüedades más notorias en la educación
de los sordos. Y la ambigüedad genera, la mayoría de las veces, un incuestionable poder
lingüístico -de los profesores- y un des-lenguaje y una des-educación -en los alumnos-.
Las políticas de educación bilingüe y bicultural para sordos (o deberían ser llamadas
políticas de educación multilingüe y multicultural?) tendrían que arrojar una luz
sobre estos hechos y no, simplemente, definir el uso de las dos lenguas y las dos
modalidades dentro de la educación de los sordos. Esa aceptación de las lenguas no
supone necesariamente una reconversión del problema. Y es que aún existiendo las dos
lenguas, cada una continuará correspondiendo a dos grupos de personas diferentes y a dos
o más imágenes del mundo. Así, el sistema educacional para los sordos permanecerá
comunicativa y lingüísticamente siempre en paralelo.
Hacia la construcción de un consenso sobre las potencialidades
educacionales de los sordos.
El caso de los sordos se revela, al mismo tiempo, tanto un problema
típico como un problema atípico para la educación. Es, por un lado, un problema típico
pues la existencia de los sordos le plantea a la escuela un problema ancestral: el de las
diferencias, la existencia y la llegada de los otros, de otras formas y procesos de
identidad, de otras formas y procesos de lenguaje. Las diferencias, en su singularidad y
en sus relaciones sociales y culturales, sobrepasan la concepción monolítica de alumno,
de currículum y de cultura y evidencian la propia crisis de identidad de la escuela.
Y es también un problema atípico porque cuando las diferencias son realmente
comprendidas como tales, nada de la existencia de la escuela y de la educación podrán
permanecer desatentas a la necesidad de profundos y radicales cambios. Esa aticipidad en
la educación de los sordos, en mi opinión, está fuertemente basada en un conjunto de
potencialidades de los sordos relacionadas entre sí:
· La potencialidad de adquisición de una lengua, la lengua de señas, en otra modalidad
de recepción y producción que la modalidad oral dominante.
Los niños sordos, si son expuestos en tiempo y forma, adquieren la lengua de señas como
cualquier otro niño adquiere una lengua natural. Poner la lengua de señas al alcance de
todos los sordos debería ser el principio lingüístico sobre el cual poder sostener un
proyecto educacional más vasto. Pero ese proceseo no debe ser considerado sólo como un
problema escolar/institucional, ni como una decisión que afecta nada más que un cierto
plano de la estructura pedagógica, ni mucho menos como una cuestión a resolver a través
de recursos metodológicos. La lengua de señas es una lengua plena, natural, no un
código artificial de comunicación y como tal debe ser pensada; es un derecho de los
sordos y no una concesión de algunas escuelas, o de algunos directores de escuela, o de
algunos profesores.
· La potencialidad de identificación de los niños sordos con sus pares y con los
adultos sordos. Los niños sordos tienen derecho, además, a desarrollarse en una
comunidad de pares y de construir su identidad en el marco de un proceso socio-histórico
no fragmentado ni cercenado. Las interrelaciones con otros grupos sociales y culturales
depende, en gran medida, de la actualización y el ejercicio de esa potencialidad. Desde
esta perspectiva, la educación de los sordos debe proponerse modalidades diferentes en
los procesos de enseñanza y de aprendizaje, y tender a la construcción de grupos
sociales en áreas de actividad; descentrándose así de las rígidas edades curriculares
y centrándose en la interacción entre niños, jóvenes y adultos sordos de diferentes
edades, razas, género, etc.
· La potencialidad de desarrollo de otras estructuras, formas y funciones cognitivas,
reguladas por un mecanismo de procesamiento visual de las informaciones.
La modalidad viso-gestual no sólo atañe a la potencialidad lingüística de los sordos
si no que envuelve el procesamiento de todos los mecanismos cognitivos. Esta es una
potencialidad que afecta sobre todo a la cuestión didáctica y de conocimiento en las
escuelas, a partir del hecho que la modalidad cognitiva de los profesores se contradice
con la modalidad cognitiva de los alumnos. En este sentido, es inconcebible que las nuevas
tecnologías educativas sólo sirvan para "otros" y es necesario que en el
debate sobre reestructuración curricular, se incluya también una discusión más amplia
acerca de aquellas tecnologías que reflejan la modalidad cognitiva de los sordos -me
refiero, sobre todo, a los programas multimediales que incluyen comunicación a distancia,
fuentes de información en lengua de señas, comparación en pantalla de fuentes
lingüísticas diferentes, enseñanza de segundas lenguas, etc .
· La potencialidad de inclusión en una vida comunitaria y en una producción de hechos
culturales diferentes.
A muchos les resultará curioso y a otros decididamente incómodo la referencia a una
cultura de los sordos. Si hasta se ha alertado en el pasado del peligro de que se creara
una variedad sorda de la raza humana! (Bell, 1883). Pero nadie discute la existencia de
una comunidad de sordos. Tal vez nos resulte fácil definir y localizar en el espacio y en
el tiempo a un grupo específico de personas; pero cuando se trata de definir una cultura
estamos demasiado acostumbrados a pensar en esa cultura, la cultura universal, homogénea,
monolítica, la alta cultura.
No me parece posible comprender el concepto de cultura sorda si no es a través de una
lectura de multiculturalismo, es decir, a partir de una comprensión de cada cultura en su
propia lógica, en su propia historicidad, antropológicamente, en sus propios procesos y
producciones. Por ello, las cultura sorda no es una imágen velada de una hipotética
cultura oyente. No es su revés. No es una cultura patológica. Y no es a través de una
oposición entre alta cultura/baja cultura -y que sigue a las otras oposiciones binarias
ya mencionadas- que comprenderemos cabalmente la naturaleza de esa cultura.
Afirmo que para muchos oyentes que trabajan con sordos la existencia de una cultura sorda
constituye tanto un problema de creencias personales, como de oportunidades. De creencias
porque, justamente, no hay nada fuera de su normal, de su propia y auto-referencial
cultura; en ese plano, la cultura sorda sería un desvío, una anomalía. Y es un problema
de experiencias porque al trabajar con los niños sordos desde una perspectiva clínica,
desconocen los procesos y los productos que generan, por ejemplo a nivel de teatro,
poesía, artes visuales, ciencia, didáctica, etc., determinados segmentos de la comunidad
de sordos.
Una reestructuración curricular, ideológica y cultural en la educación de los sordos
consistiría en el acercamiento y trabajo conjunto con esos grupos, y una inclusión de
áreas de juego, teatro, poesía, artes visuales, etc. Así los niños sordos tendrán una
entrada temprana a la cultura. Al mismo tiempo esa reestructuración permitiría también
una imersión antropológica significativa para los profesores.
· La potencialidad de participación en el debate lingüístico, escolar, de ciudadanía,
etc. a través de un proceso singular de reconstrucción histórica y de una nueva mirada
sobre la propia educación.
Son muchos los testimonios de sordos que, al hacer referencia a su pasado educativo,
invocan la imágen de ser extranjeros, forasteros, exiliados. No nos están haciendo
referencia al hecho literal de haber emigrado a otras ciudades, lejos de sus casas, en
busca de un servicio educativo para ellos. Están mencionando el ser y el sentirse
extranjeros, el ser y el sentirse forasteros, el ser y el sentirse exiliados, aún dentro
de las propias escuelas para sordos, en las escuelas junto con oyentes y en sus propios
hogares. Esos testimonios podrían valer como una oposición a la frágil memoria
institucional de las escuelas de sordos -cuyos recuerdos llegan por lo general sólo hasta
la adolescencia de los alumnos- y constituirse en una contramemoria y una crítica de la
ideológia dominante, tal como sugiere King (1995, 1996) dentro de los llamados Estudios
Negros. Desde esta perspectiva, la programación junto a los sordos adultos de una
didáctica y de una historia de los sordos, traería a las escuelas -tanto a los alumnos,
como a los profesores y a los padres- una dimensión real y sensible de los actos
pedagógicos del presente. La historia de los sordos, su reconstrucción histórica de la
educación, sería en este sentido, el punto de partida para una transformación
cualitativa hacia el futuro educacional desde los sordos.
Conclusiones: los Estudios Sordos y la ampliación del horizonte curricular, cultural e
ideológico en la educación de los sordos.
Defino los Estudios Sordos como un campo de investigación y de
proposiciones educacionales que, a través de un conjunto de concepciones lingüísticas,
multiculturales y antropológicas, definen una particular aproximación al conocimiento
del mundo de los sordos. En esta definición quedan excluídas todas las referencias al
universo de la audiología y de las deficiencias auditivas pues ellas no cumplen ningún
papel en la construcción de las experiencias educacionales, ni comunitarias, ni
culturales de los sordos. Por el contrario, pensamos que los poderes y los saberes
audiológicos/audiométricos constituyen verdaderos factores de control y de opresión
sobre ellos.
Existe una reducida pero trascendente producción científica de aquello que denominamos
Estudios Sordos. Tal vez la primera oportunidad en que esos estudios se difundieron
masivamente fue durante el XII Congreso Munidal de la Federación Mundial de Sordos
(Viena, 1995, ob. cit.). En esa ocasión, al márgen de la reproducción de algunas
discusiones ya típicas, surgieron diferentes temas que indican la dirección que
proponemos: por ejemplo la situación de las mujeres sordas, de los sordos desempleados y
de los sordos inmigrantes en países nórdicos, del abuso de los niños sordos, del
paternalismo de los sordos europeos en los proyectos para sordos del Africa, de los sordos
homosexuales, etc.
Aunque se trata de un proceso ciertamente tímido y lento, su potencialidad de análisis
ya generó un camino para nuevas construcciones educacionales en algunos países de
Latinoamérica (por ejemplo Sanchez, 1992, 1995b; Skliar, 1997c), en algunos países
europeos (Ahlgren, 1990; Hansen, 1991; Svartholm, 1995; Kyle, 1996, entre muchos otros) y
en algunos países africanos (por ejemplo Okombo, 1992; Storbeck y Henning, 1995).
Entre esos nuevos caminos posibles menciono, por ejemplo, los cambios a nivel de la
formación socio-antropológica de los profesores, a nivel legislativo -tanto para la
oficialización de las lenguas de señas, como para la participación efectiva de los
sordos en su educación-, en el proceso de formación jerárquica de intérpretes, en las
políticas de información para padres de niños sordos, en la representatividad de sordos
y oyentes dentro de la escuela y en las tomas de decisión político-comunitarias, etc.
Las nuevas propuestas educacionales desde los sordos están abriendo definitivamente la
puerta grande de la educación. Allí, por cierto, la educación será objeto de
diferentes interpretaciones, contradicciones e indecisiones. Pero es ahí donde al fin se
podrá discutir los problemas que la educación enfrenta en su conjunto: el efecto de las
políticas liberales, la existencia del currículum, los procesos de formación de
identidades, las múltiples relaciones entre escuela y trabajo, etc. Es en ese contexto
donde la educación de los sordos tiene que estar, y no en la apatía y la monotonía de
las discusiones mecánicas de los oyentes sobre el lenguaje y la deficiencia. Discusiones
donde la vida de los sordos quedó atrapada y malherida durante siglos.
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