| Testimoniales
extraídos del libro "El proceso de entender y ser entendido" de la Lic. Dora Kweller- Editorial Silzu - Argentina |
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| ¿Qué es oír? (testimonio de una mamá de un bebé de 18 meses) "La vida para mi hijo es dimensional, visual, gustosa y olorosa; su perro está en la casa si lo ve, yo estoy cocinando si fue y lo comprobó. La televisión está funcionando, el teléfono suena, la aspiradora trabaja, el perro ladra, toca timbre un extraño, su hermano se está peleando con un amiguito, grita e insulta y Matías se pierde la música formada por los ruidos cotidianos. En su mundo la información más insignificante se diluye, se borra, para él se extravía hasta un tiroteo a pocos metros de su casa y el supuesto tumulto por un hecho inesperado. La vida es para Matías lo que está adelante y a los costados, lo que se agita ante sus ojos, todo transcurre en un solo plano como una película, pero lo que sucede detrás de él no tiene peso en su información. Su percepción del mundo es parcial, necesita comprobar todo, tocar la aspiradora, observar a su hermano, tocar el teléfono cuando suena, para que el mundo adquiera un sentido mas completo. El film de la cotidianeidad se proyecta en su mente como una escena donde no hay sobresaltos, es un transcurrir más lineal que para el oyente. Los olores lo penetran, corre a la cocina, huele a quemado, ese estímulo es desagradable y divertido a la vez y no siempre aparece. Pide ver de dónde sale, le gusta tocar y que los demás lo hagan. Él siente placer cuando lo acarician, cuando saborea una comida bien preparada y así es como todo se convierte en una fiesta..." El impacto (testimonio de la madre de un niño de 1 año) "Juan fue un hijo muy deseado, nació después de varios años de espera, fue el primero hijo. Todos estábamos pendientes de él, era un hermoso bebé, inquieto, observador, alegre. A los dos meses estaba durmiendo plácidamente y ante un portazo no se despertó. Desde ese momento yo supe que algo le ocurría, sin embargo no me atreví a pensar en la posibilidad de la sordera. A los seis meses se convirtió en un bebé inquisidor, era un perfecto observador, su mirada se detenía en cada objeto, en cada situación, analizándolos exhaustivamente de manera inusual e insólita para un bebé. En ese momento consultamos con un otorrinolaringólogo que nos informó que su audición era normal y nos dijo que como padres primerizos éramos muy ansiosos, que él ya iba a responder. A los siete meses comenzó a jugar con su garganta, no era un laleo lo que emitía, sino grititos que nacían desde adentro, como sonidos bizarros y extraños que no se parecían a otros que yo conociera; emitía gorgorismos de placer cuando comía papilla, podía estar horas jugando, ningún ruido lo distraía, deseaba estar siempre acompañado. A los nueve meses, junto con el gateo estrenó la libertad de moverse, era admirable observar como jugaba con su cuerpo y la velocidad que tenía para gatear, le gustaba escaparse y ser perseguido pero jamás volvía la cabeza. Al año balbuceó sus primeras palabras, su voz era más áfona que la de otro bebé, no podía decir mamá, decía "mam" y seguía jugando con su garganta, emitía los mismos grititos que a los siete meses, intermitentes y monótonos, como si se tragara la voz, como si el sonido hiciera eco en su garganta. Lo que yo no sabía en ese momento es que en los bebés sordos la lectura labial es espontánea, por eso a veces emiten algunas palabras y el laleo es un reflejo. Al no existir retroalimentación por falta de audición, en el cerebro no se forman imágenes auditivas y en consecuencia no hay corrección en los balbuceos, reiterativos y monocordes. Él era sordo, yo lo presentía. Comenzaron a rodearme fantasías "tiene tapones de cera y por eso no oye", "es un genio igual a Einstein, seguramente va a hablar a los cuatro años como él". Pero una fantasía no es más que eso. Juan seguía jugando con su garganta, no respondía a mi llamado. Transcurrió el tiempo y había que tomar decisiones, ¿qué se podía hacer?, ¿a dónde ir?, ¿a quien recurrir?. Podrá hablar, entender y ser entendido?. Sentía culpa por haber traído al mundo a un ser incompleto, pero pude superar, con el apoyo de mi marido, esta difícil etapa. Pude recuperar mi confianza como madre. Finalmente pude brindarle a Juan todo mi cariño y comprensión." Los caminos hacia la rehabilitación (testimonio de la madre de una niña de 2 años) "Yo sabía que las imágenes para Dina pasaban rápidamente, algunas situaciones se le escapaban, no las incorporaba, otras sí las comprendía, se enojaba mucho, pataleaba, se tiraba al suelo. Tuvimos que reorganizarnos y entrar en un mundo desconocido. Mi hija tenía apenas dos años, la miraba jugar, la veía tan atenta, tan graciosa, tan interesada en los objetos y pensaba... si tenía derecho a elegir para ella el camino más penoso y laborioso que era la rehabilitación oral. Optar por ese tratamiento significaba un gran esfuerzo tanto para nuestra hija como para nosotros, ella también necesitaba el apoyo de sus padres, de sus abuelos, de sus amigos, de sus tíos, sin cuya comprensión nos hubiera sido imposible emprender esta tarea. Cuando nos decidimos por el camino de la rehabilitación, lo hicimos pensando en que queríamos que nuestra hija hablara como nosotros. En mi visita a la escuela, por primera vez tomé contacto con chicos sordos oralizados. Estos chicos tenían un lenguaje comprensible. Pero yo no podía tolerar sus voces tan extrañas. Nos tranquilizó mucho, asistir a las clases de grados superiores en la escuela especial, nos sorprendió el orgullo y la felicidad con que hablaban esos chicos, tenían tantas ganas de aprender, de informarse. Estaban mas al tanto que nosotros de lo que ocurría en el mundo..."
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