En las últimas décadas se ha producido un importante
interés por el estudio y difusión del lenguaje de señas en Chile, lo
que se ha traducido en la realización de estudios lingüísticos
realizados por algunas universidades, charlas, seminarios, debates y mesas
redondas, todo ello enfocado desde el punto de vista de los oyentes, además
de cursos de capacitación a algunos organismos públicos y privados, y a
la comunidad en general.
Esto último ha traído como consecuencia el brote
indiscriminado de instructores de lenguaje de señas, tanto sordos como
oyentes, muchos de ellos sin la debida preparación ni dominio suficiente
del correcto uso y aplicación del lenguaje de señas.
Estudios realizados por destacados profesionales a
nivel internacional arrojan como resultado concluyente que los mejores
profesores de lenguaje de señas son los mismos sordos, pero no cualquier
sordo puede desarrollar esta labor por cuanto deben cumplirse una serie de
requisitos básicos como poseer una buena preparación académica, saber
leer y escribir, tener nociones de organización y planificación
curricular, y poder expresarse oralmente para explicar las diferentes
aplicaciones, estructuración y gramática del lenguaje de señas.
Chile es un país de fuerte raigambre centralista,
donde todas las decisiones son tomadas a nivel central en su capital,
Santiago, no considerándose en muchos sentidos la diversidad social,
cultural, económica, geográfica y política del resto de las regiones
que lo componen. Esto hace que no se considere el hecho de que, al igual
como sucede en diferentes países del mundo, el lenguaje de señas difiere
de una región a otra, lo que lo hace distinto al de la capital. Aquí se
produce un problema mayúsculo ya que, por ignorancia de la comunidad
oyente, incluidos los profesionales de la educación y las autoridades de
gobierno, se da por sentado que Chile tiene un solo lenguaje de señas, lo
que no se ajusta para nada a la realidad. El problema del centralismo no sólo
afecta a la sociedad oyente sino que también atrapa en sus redes a los
mismos sordos, pues las agrupaciones de sordos de la capital conocen
perfectamente la no universalidad del lenguaje de señas, sin embargo
callan y no reconocen ni respetan los lenguajes de señas regionales. Esto
lleva a que desde la capital se trate de imponer un lenguaje que difiere
completamente al utilizado en las regiones.
Con respecto al lenguaje de señas, podemos afirmar que
Chile se divide en tres grandes zonas, a saber norte, centro y sur, donde
imperan realidades distintas. La zona norte se caracteriza por ser una
zona desértica, con una economía minera, pesquera y pisquera. La zona
central es un amplio valle verde, de clima templado, regado por ríos,
rodeado de montañas y concentra la mayoría de las empresas e industrias
de los más diversos rubros. La zona sur es un fértil valle verde, de
clima templado lluvioso, con una economía agrícola, pesquera, vitivinícola
y ganadera, con lagos, montañas y paisajes inhóspitos. De acuerdo a esta
división zonal, resulta lógico que los lenguajes de señas sean
diferentes pues éstos se originan conforme a la realidad de cada una de
ellas.
Al comienzo de este artículo me refería con
preocupación a la proliferación de instructores de lenguaje de señas.
Vuelvo a referirme a ello, esta vez con respecto a las personas oyentes
que ejercen como tales. También es un hecho refrendado por estudios
internacionales que ningún oyente puede ni podrá dominar el 100% del
correcto uso y aplicación del lenguaje de señas, pues se debe mantener
un perfeccionamiento sistemático, además de estar en contacto diario con
la comunidad de sordos, lo que no sucede con frecuencia, por cuanto la
lengua de señas al igual que el lenguaje oral cambia y se enriquece día
a día, y se debe estar al tanto de los nuevos conceptos, giros y modismos
que se originan en el lenguaje utilizado por los sordos.
Lo más preocupante de los oyentes que ejercen como
instructores de lenguaje de señas es que se trata, en su mayoría, de
profesores de educación diferencial o profesores de escuelas de sordos,
que luego de tomar y finalizar el curso respectivo, por lo general de 6
meses de duración, ya se sienten capacitados para enseñarlo a otras
personas. Las razones del por qué se deben la necesidad de ser
considerados como expertos o especialistas en lenguaje de señas y la
problemática del sordo, con el fin de posicionarse dentro de la comunidad
académica, además de lograr mayores ingresos económicos. Esta situación
se torna delicada por cuanto se proyecta una imagen ficticia y se desvirtúa
el correcto uso aplicación del lenguaje de señas, entregando muchas
veces señas erróneas o inexistentes y desconocidas en la comunidad de
sordos. Lo más grave es que estas personas al ser profesionales de la
educación, regidos por códigos éticos y morales, son plenamente
conscientes de sus limitaciones y, pese a ello, siguen adelante, con lo
que estarían faltando descaradamente a la ética profesional.
Durante el transcurso de mi carrera profesional he sido
testigo de las aberraciones que cometen los profesionales de la educación
oyentes con el lenguaje de señas, tanto en la traducción de actos
oficiales como en clases, además en el desarrollo de una conversación
con personas sordas. Ante el desconocimiento del correcto uso y aplicación
de las señas, los profesores no vacilan en consultarles a los propios
alumnos cómo se realiza tal seña, sin tener en cuenta que el alumno
sordo, al igual que un alumno oyente, se encuentra en proceso de formación
de su propio lenguaje y aún no lo domina ampliamente. En traducciones de
actos oficiales, organizados tanto por el establecimiento educacional como
por instituciones públicas o privadas, la traducción resulta, en la
mayoría de los casos, incorrecta e ininteligible para los propios sordos.
Lamentablemente, en Chile no existe un control ni un código
ético que regule el ejercicio de la enseñanza del lenguaje de señas,
donde a la propia comunidad sorda le cabe una gran responsabilidad al
respecto por cuanto nunca han sido capaces de ponerse de acuerdo en la
creación de un organismo nacional que establezca normas sobre la materia,
lo que se debe principalmente a actitudes de tipo centralista y excluyente
de la participación de profesionales sordos de las regiones.
Lo ideal sería establecer un gran acuerdo nacional
donde se reconozca y se respete la diversidad del lenguaje de señas de
cada región, así como la exclusividad de los profesionales sordos
calificados para enseñarlos en su región de origen y el compromiso ético
y moral por parte de los profesionales de la educación oyentes de no
interferir en un ámbito que no es su especialidad, algo que es difícil
pero no imposible de lograr.