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Diario de Cuyo. San Juan - Lunes 19 de agosto de 2002  

Por Paulina Rotman
   
Sin discriminación

Un cura y una intérprete traducen la misa al lenguaje de señas. Es en San Francisco y los protagonistas son el padre Jorge Baletti, Valeria, Sandra, Verónica, Daniel, María Inés –entre otros intérpretes– y decenas de no oyentes. 

La Palabra de Dios llega a los sordos 

    Hasta que el padre Jorge Baletti no hizo su aparición en esta histo­ria, para Nicolás, Daniel, Anahí y otros tantos sordos las misas eran lo más aburrido del mundo. Es que obligados por sus padres, te­nían que ir cada domingo a la iglesia “para estar más cerca de Dios”. Aunque paradójicamente ellos, que no podían captar las palabras del cura ni siquiera esfor­zándose por leerle los labios a va­rios metros de distancia, que creían que no tenían modo de ex­presar en público lo que espiri­tualmente les pasaba porque a du­ras penas pueden gesticular oral­mente una que otra palabra, per­cibían una distancia abismal con la religión. Entonces, el ritual ca­recía de sentido y se convertía so­lamente en una salida de domin­go para mirar lo que pasaba alre­dedor.

    Pero desde hace unos domingos, las misas empezaron a ser intere­santes. Es que uno de los curas de la Parroquia de San Francisco, justamente el padre Jorge, co­menzó a utilizar tímidamente sus manos y a hacer rnuecas con su cara para transmitirles de a poco algunas partes de su sermón y re­zar el Padre Nuestro. La traducción al modo de comunicación gestual del resto de la misa queda en mano de varias intérpretes y así los no oyentes quedan incluidos, por primera vez, en las ceremonias. 

“A los curas, como es lógico, no se nos prepara para atender a todas las personas con discapacidades. Por eso, para mí esto es un desafío que implica hacer­le un lugar a cada uno”.

                                    Padre Jorge 

    Todo empezó cuando la mamá de Emanuel, Mary de Villordo, recu­rrió a la secretaria de “CRESCO­MAS”, Valeria Uriza, una de las más preparadas en hablar con las manos para que la ayudara a pre­parar a su hijo para hacer la con­firmación. La mujer cargaba con la experiencia de cuando al chico le llegó el turno de hacer la primera comunión y tuvo que apren­der la liturgia de la mano de una maestra que no conocía el lengua de señas. Entonces, le explicaba a su modo y con sus palabras. El resultado: El niño no entendió na­da pero imitando a otros cumplió con el sacramento.

    Ahora, hijo y madre, querían que la ceremonia tuviese relación con la vida misma y no con conceptos sin significado.

    Ni bien se lo plantearon Valeria aceptó y empezó a armar un pro­grama de catequesis basado en su cercanía personal con el catolicis­mo, aunque desligada absoluta­mente de un título religioso. Así comenzaron las clases que suma­ron a muchísimos sordos más que harán su comunión, su confirma­ción o que sencillamente quieren reaprender algunos conceptos porque ellos ya pasaron por estas etapas. El problema fue que a me­dida que se incorporaban intere­sados, aparecían cuestionamien­tos nuevos. Entonces, Valeria op­tó por buscar asesoramiento teo­lógico. 

“Esta es una de las tantas respuestas de integración que se les puede facilitar a un no oyente. Sería bue­no encontrar gente dis­puesta en otros ámbitos”.

                                                               Valeria, intérprete 

    Por esas cosas del destino o de la mano de Dios, llegó hasta el padre Jorge, un porteño que estaba recién llegado de Río Cuarto (Cór­doba), donde hizo sus últimas acciones eclesiásticas para la congregación franciscana. La simple pregunta de que si quería ayudar en las clases le abrió todo un desafío al que no pudo negarse y de in­mediato empezó con las lecciones de señas. Y aparentemente resultó un buen alumno porque ni bien asistió a la segunda clase, se ani­mó a poner en práctica los conocimientos en una misa. 

UNA EXPERIENCIA DE FE. Todavía el padre Jorge no está capacitado para traducir en señas toda la misa, entonces lo suplanta alguna de las intérpretes de “CRESCOMAS” para que los sordos se integren a la ceremonia. 
“Un poco de caradura, un poco por la paciencia de las intérpre­tes, en el medio de la misa empecé a darles la palabra de Dios a los sordos en su idioma, mientras ha­blaba al resto de la gente. Sé que hay personas que se quejaron por­que dice que distrae, pero para mí es muy importante saber que es­toy dirigiéndome a una parte importante del pueblo del Señor, como son los sordos”,
explicó el cura que a partir de ese momento, le adosó los movimientos de manos y cara a las misas de todos los do­mingos a las 20 en San Francisco.

 

 
 

   
   

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